La floricultura ecuatoriana pasó, desde los años sesenta, de pequeños lotes dispersos destinados a contadas floristerías, a convertirse en una actividad estratégica con amplios impactos locales y un enorme alcance en la generación de divisas. Su auge, en los ochenta, coincidió con la apertura de los mercados externos y condujo a la consolidación del país como referente internacional en la producción de rosas y, posteriormente, de un sinnúmero de especies y variedades.
En la actualidad, luego de más de medio siglo de adaptación y penetración en los mercados exteriores, la actividad no solo genera divisas y puestos de trabajo: es también un vector de progreso que transforma comunidades y constituye el núcleo productivo de numerosas localidades y ciudades intermedias. Destaca, asimismo, en el ámbito del gerenciamiento, tanto en grandes empresas que integran cultivos y gestión de ventas externas, como en múltiples —y cada vez más numerosos— pequeños emprendimientos familiares.
En Ecuador, la organización socio-empresarial del sector de flores de corte describe la conformación paciente de un clúster productivo que, con trabajo y esfuerzo, fue tecnificándose y afinando el know-how, la biogenética y las labores culturales. Se creó así una sinergia que permite afrontar las frecuentes dificultades de la actividad: climáticas, de fertiirrigación, de transporte, de conflictos sociales internos y geopolíticos.
Un sector con vigor económico y tecnológico como este debe superar retos constantes. Persisten, por ejemplo, violaciones a la propiedad intelectual por la propagación ilegal de material vegetal; en algunos procedimientos de combate a plagas fitosanitarias se emplearían químicos prohibidos; determinadas certificaciones de buenas prácticas no siempre siguen los protocolos establecidos; tampoco están ausentes abusos por parte de comercializadores, especialmente en emprendimientos pequeños, quienes a su vez no siempre acatan la legislación laboral y de seguridad social, llegando en ocasiones a utilizar trabajo infantil.
De cualquier manera, más allá de esas omisiones, se recuerda que la Asociación Nacional de Productores y Exportadores de Flores del Ecuador, EXPOFLORES, desarrolla desde hace muchos años, el proyecto Flor Ecuador Certified; “norma y sello de certificación social y ambiental diseñada específicamente para el sector… y garantiza que las flores y follajes se cultivan bajo estrictos estándares de sostenibilidad y responsabilidad”. Al momento existen 175 empresas acreditadas que cubren 3000 ha y el 72 % del área. Esto avala que las fincas, cumplen con las leyes labores, más beneficios adicionales y producen de manera ambientalmente sostenible.
Las omisiones, por tanto, no son generalizadas; sin embargo, en un ensayo de caracterización del sector, debe señalarse su existencia, precisamente con el ánimo de que tales carencias sean combatidas. En todo caso, en Blooming —como se nos conoce— la responsabilidad social y comunitaria es primordial a la hora de escoger proveedores: trabajamos únicamente con fincas que cumplen los requisitos de buenas prácticas sociales y sanitarias.
El balance general de la actividad es avasalladoramente positivo. Incluso las explotaciones pequeñas, de reciente incorporación, presentan cifras satisfactorias. Estas mini-granjas, generalmente de menos de una hectárea y distribuidas en zonas rurales de Pichincha, Carchi y Cotopaxi, generan empleo local —especialmente femenino, que representa más del 50% de la fuerza laboral del sector—. Este modelo permite crear “familias emprendedoras” que ingresan a la actividad con inversiones iniciales bajas, pues no se requiere cubrir todas las fases del proceso. De cualquier forma, subsisten en el segmento varias amenazas y fragilidades.
La percepción internacional
Desde el siglo XIX, el país aprendió del mercado externo con el cacao y el café; a mediados del XX, el banano se vendió en todo el mundo y Ecuador fue el primer exportador. En los setenta se inició el petróleo y, posteriormente, vendrían los camarones y otros productos con notable impulso. La vocación exportadora es clara.
En numerosos estudios académicos, publicaciones y medios del sector florícola, la industria ecuatoriana es calificada como un ejemplo de éxito productivo y empresarial, aunque se señalan algunas restricciones ya mencionadas.
Las condiciones agroecológicas son destacadas entre las mejores localizaciones para el cultivo:
- Altitud de las regiones andinas (2.500–3.000 metros).
- Alta heliofanía diaria y anual (radiación solar directa).
- Suelos volcánicos y temperaturas moderadas.
A estas condiciones se suma medio siglo de acumulación de conocimientos técnicos, lo que da como resultado:
- Botones de gran tamaño.
- Tallos largos.
- Colores intensos con gran fijación.
- Mayor duración en florero.
Por estas características, la flor ecuatoriana es reconocida como un producto líder en eventos de alta gama. La rosa sobresale desde el inicio, aunque la gipsófila, los claveles y otras especies han mejorado sostenidamente su posición relativa.
Los principales competidores —Colombia y Kenia— pugnan por los mercados de Países Bajos, Rusia, Estados Unidos, países árabes del Golfo y otras naciones europeas y asiáticas. La floricultura ecuatoriana mantiene un rango internacional que se conserva diariamente con el esfuerzo de todos los agentes económicos y sociales que intervienen en el proceso. Blooming Valley, durante más de tres décadas, ha participado activamente en ese esfuerzo. Tiene intacta la vocación y la energía para hacerlo todos los días…